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Dr Krokowski Soul Dissection

Esto es agua

21 min de lectura

PsicologíaObservaciones

«Esto es agua» es un discurso que David Foster Wallace dirigió a unos estudiantes al graduarse de la universidad, y uno de los textos más inusuales que he leído. Pocos textos me han dado tanto en tan pocas palabras. Varias veces me han preguntado de qué trata exactamente, pero cada intento de responder me dejaba rascándome la cabeza, sin saber por dónde empezar. Probablemente necesitaríamos horas de conversación y unas cuantas botellas de cerveza. Todo depende de a quién se lo cuentes, en qué quieras concentrarte y cuánto tiempo logres no perder el hilo.

Si tuviera que resumirlo en unas pocas palabras, diría que es una reflexión sobre la vida adulta contada de una manera que cualquiera puede entender. Leerlo despierta emociones y, cuando después empiezas a desmenuzarlo, cada vez encuentras más de ti mismo entre sus líneas. Vuelvo a él de vez en cuando, y cada vez alguna situación distinta de mi vida hace que el mismo pasaje cobre un significado nuevo. Muchas veces, solo entonces me doy cuenta de que he vuelto al lado oscuro de la Fuerza: regresé a mi «configuración predeterminada», como la llama Wallace. Miro el mundo desde mi propia perspectiva y, en algún momento, empiezo a tratarla como si fuera la única versión verdadera de la realidad. La mía, así que seguramente ya está comprobada. 🙈

Mis propios textos tampoco pretenden ponerlos a todos en el buen camino. Yo mismo me desvío con bastante frecuencia, así que difícilmente podría dirigir ese centro de rehabilitación. Se trata más bien de notar cuándo nuestra manera de pensar empieza a ocultarnos el resto del mundo y de admitir que, fuera de nuestra versión de los hechos, también existe la experiencia de otra persona. Somos humanos, así que seguramente volveremos a asumir por reflejo que todo gira a nuestro alrededor. Pero quizá la próxima vez logremos detenernos un poco antes y preguntarnos qué es lo que todavía no estamos viendo.

A continuación comparto una traducción completa de la transcripción del discurso en inglés. No quise decidir por ti qué pasajes valía la pena leer ni eliminar aquellos que nos hacen sentir incómodos.

Esto es agua — David Foster Wallace

Saludo a los padres de familia y felicito a la generación de 2005 de Kenyon College.

Van dos peces jóvenes nadando y se encuentran con un pez mayor que viene en dirección contraria. El pez mayor les hace un gesto con la cabeza y les dice: «Buenos días, muchachos. ¿Qué tal el agua?». Los dos peces jóvenes siguen nadando un rato, hasta que finalmente uno mira al otro y pregunta: «¿Qué demonios es el agua?».

Este es un requisito habitual de los discursos de graduación en Estados Unidos: recurrir a pequeñas historias didácticas, algo parecido a parábolas. Resulta que contar estas historias es una de las mejores convenciones del género y una de las menos llenas de palabrería. Pero, si les preocupa que vaya a presentarme aquí como el pez viejo y sabio que les explica a ustedes, los peces jóvenes, qué es el agua, no se preocupen. Yo no soy ese pez viejo y sabio. El sentido de la historia es simplemente que las realidades más evidentes e importantes suelen ser las más difíciles de ver y de expresar. Puesto así, en una frase, por supuesto que parece una simple obviedad. Pero lo cierto es que, en las trincheras cotidianas de la vida adulta, las obviedades pueden tener una importancia de vida o muerte. O, al menos, eso quisiera proponerles esta mañana seca y hermosa.

Por supuesto, el principal requisito de un discurso como este es que yo hable del sentido de su formación universitaria integral y trate de explicar por qué el título que están a punto de recibir tiene un valor verdaderamente humano, además de ofrecer una recompensa material. Hablemos, entonces, del cliché más extendido en los discursos de graduación: que una formación amplia no consiste tanto en llenarlos de conocimientos como en «enseñarles a pensar».

Si ustedes se parecen a mí cuando era estudiante, nunca les ha gustado escuchar eso. Tienden a sentirse un poco ofendidos ante la insinuación de que necesitaban a alguien que les enseñara a pensar, ya que el simple hecho de haber sido admitidos en una universidad tan buena parece demostrar que ya saben hacerlo. Pero voy a proponerles que ese cliché sobre la formación integral no es ofensivo en absoluto. La enseñanza del pensamiento verdaderamente importante que deberíamos recibir en un lugar como este no tiene tanto que ver con la capacidad de pensar como con la elección de aquello en lo que pensamos. Si su libertad total para elegir en qué pensar les parece demasiado evidente como para perder tiempo discutiéndola, les pediría que pensaran en los peces y el agua, y que dejaran de lado, aunque fuera por unos minutos, su escepticismo sobre el valor de lo completamente obvio.

Aquí va otra pequeña historia didáctica. Dos hombres están sentados en un bar en un lugar remoto de la naturaleza salvaje de Alaska. Uno es creyente y el otro es ateo. Los dos discuten sobre la existencia de Dios con esa intensidad particular que aparece más o menos después de la cuarta cerveza. El ateo dice: «Mira, no es que no tenga razones concretas para no creer en Dios. Tampoco es que nunca haya probado todo ese asunto de Dios y la oración. Apenas el mes pasado me sorprendió una terrible tormenta de nieve lejos del campamento. Estaba completamente perdido, no veía nada y hacía unos cuarenta y seis grados bajo cero. Así que lo intenté: caí de rodillas en la nieve y grité: “¡Dios, si es que existe algún Dios, estoy perdido en esta tormenta y voy a morir si no me ayudas!”».

Ahora, en el bar, el creyente mira al ateo, desconcertado. «Bueno, entonces ahora debes creer —le dice—. Después de todo, aquí estás, vivo». El ateo simplemente pone los ojos en blanco. «No, hombre. Lo único que pasó fue que un par de esquimales pasaron por casualidad y me mostraron el camino de regreso al campamento».

El creyente calcula que se tomará nueve cervezas, mientras que el ateo no cree poder con más de seis. Cada quien tiene sus creencias. La configuración predeterminada: una escena de la vida.

Es fácil analizar esta historia de la manera habitual en una formación universitaria amplia: una misma experiencia puede significar dos cosas completamente distintas para dos personas, dadas sus diferentes estructuras de creencias y sus distintas maneras de construir significado a partir de la experiencia. Como valoramos la tolerancia y la diversidad de creencias, en ningún momento de nuestro análisis queremos afirmar que la interpretación de uno es verdadera y la del otro es falsa o equivocada. Lo cual está bien, salvo por el hecho de que tampoco terminamos hablando de dónde provienen esas estructuras y creencias individuales. Es decir, de dónde provienen DENTRO de esos dos hombres. Como si la orientación más básica de una persona hacia el mundo y el significado de su experiencia estuvieran de algún modo fijados de nacimiento, como la estatura o la talla del zapato. O se absorbieran automáticamente de la cultura, como el idioma. Como si nuestra manera de construir significado no fuera, en realidad, una cuestión de elección personal e intencional.

Además, está todo el asunto de la arrogancia. El hombre no religioso está completamente seguro de que puede descartar la posibilidad de que aquellos esquimales que pasaban por allí tuvieran algo que ver con su oración de auxilio. Es cierto que también hay muchas personas religiosas que parecen arrogantes y seguras de sus propias interpretaciones. Probablemente resulten incluso más desagradables que los ateos, al menos para la mayoría de nosotros. Pero el problema de los dogmáticos religiosos es exactamente el mismo que el del incrédulo de la historia: una certeza ciega, una cerrazón mental que equivale a un encierro tan absoluto que el prisionero ni siquiera sabe que está encerrado.

Lo que quiero decir es que, para mí, esto forma parte de lo que realmente debería significar que me enseñen a pensar. Ser un poco menos arrogante. Tener un poco más de conciencia crítica sobre mí mismo y mis certezas. Porque resulta que una enorme proporción de las cosas de las que suelo estar automáticamente seguro son completamente erróneas y están basadas en ilusiones. Lo he aprendido por las malas, como sospecho que también les ocurrirá a ustedes, los graduados.

Aquí tienen un ejemplo de lo completamente equivocado que puede estar algo de lo que suelo sentirme automáticamente seguro: todo en mi experiencia inmediata respalda mi profunda convicción de que soy el centro absoluto del universo, la persona más real, más vívida e importante que existe. Rara vez pensamos en esta forma natural y básica de egocentrismo porque resulta socialmente repulsiva. Pero es prácticamente igual para todos. Es nuestra configuración predeterminada, incorporada a nuestros circuitos desde el nacimiento. Piénsenlo: no han tenido ninguna experiencia de la que no hayan sido el centro absoluto. El mundo tal como lo experimentan está delante de USTEDES o detrás de USTEDES, a SU izquierda o a SU derecha, en SU televisor o en SU monitor. Y así sucesivamente. Los pensamientos y sentimientos de los demás tienen que serles comunicados de alguna manera, mientras que los suyos son tan inmediatos, urgentes y reales.

Por favor, no se preocupen pensando que me estoy preparando para sermonearlos sobre la compasión, la atención a los demás o todas esas supuestas virtudes. Esto no es una cuestión de virtud. Es una cuestión de elegir hacer el esfuerzo necesario para modificar de algún modo mi configuración predeterminada natural, incorporada a mis circuitos, o liberarme de ella. Esa configuración que me lleva a estar profunda y literalmente centrado en mí mismo y a verlo e interpretarlo todo a través de ese filtro del yo. A las personas capaces de ajustar así su configuración predeterminada se las suele describir como «bien adaptadas», y les propongo que esa expresión no es casual.

Dado el ambiente de triunfo académico que nos rodea, surge una pregunta evidente: ¿cuánto de este trabajo de ajustar nuestra configuración predeterminada depende realmente del conocimiento o del intelecto? La pregunta es muy complicada. Probablemente, lo más peligroso de la educación universitaria —al menos en mi caso— es que favorece mi tendencia a intelectualizarlo todo en exceso, a perderme en discusiones abstractas dentro de mi cabeza en vez de simplemente prestar atención a lo que ocurre justo delante de mí y a lo que ocurre dentro de mí.

Como seguramente ya saben, es extremadamente difícil mantenerse despierto y atento en lugar de dejarse hipnotizar por el monólogo constante de la propia cabeza. Puede que les esté pasando ahora mismo. Veinte años después de mi propia graduación, he ido comprendiendo que el cliché sobre una educación que enseña a pensar es, en realidad, una manera abreviada de expresar una idea mucho más profunda y seria: aprender a pensar significa aprender a ejercer cierto control sobre cómo y en qué pensamos. Significa tener suficiente conciencia y atención para elegir a qué prestamos atención y cómo construimos significado a partir de la experiencia. Porque, si no pueden ejercer esta clase de elección en la vida adulta, estarán completamente jodidos. Piensen en el viejo dicho: «La mente es una excelente sirvienta, pero una terrible ama».

Como tantos otros clichés que en la superficie parecen insípidos y poco interesantes, este expresa una verdad enorme y aterradora. No es en absoluto casual que los adultos que se suicidan con armas de fuego casi siempre se disparen en la cabeza. Le disparan a esa terrible ama. Y la verdad es que la mayoría de ellos ya están muertos mucho antes de apretar el gatillo.

Y sostengo que en esto debería consistir el valor real, sin tanta palabrería, de su formación integral: en cómo evitar atravesar su cómoda, próspera y respetable vida adulta estando muertos, inconscientes, esclavizados por su propia cabeza y por esa configuración predeterminada natural que los deja, día tras día, singular, completa e imperialmente solos. Puede parecer una exageración o una tontería abstracta. Pasemos a lo concreto. Lo cierto es que ustedes, que hoy se gradúan, todavía no tienen idea de lo que realmente significa «día tras día». Hay enormes ámbitos de la vida adulta estadounidense de los que nadie habla en los discursos de graduación. Uno de ellos incluye el aburrimiento, la rutina y las pequeñas frustraciones. Los padres y las personas mayores presentes aquí saben demasiado bien de qué estoy hablando.

Por ejemplo, supongamos que es un día normal en la vida adulta. Se levantan por la mañana, van a su exigente trabajo de oficina para el que necesitaban un título universitario y trabajan duro durante ocho o diez horas. Al terminar el día están cansados y algo estresados. Lo único que quieren es llegar a casa, cenar bien, quizá relajarse una hora y después acostarse temprano porque, por supuesto, al día siguiente deben levantarse y hacerlo todo otra vez.

Pero entonces recuerdan que no hay comida en casa. No han tenido tiempo de hacer compras esta semana debido a su exigente trabajo, así que ahora, después de trabajar, tienen que subirse al automóvil e ir al supermercado. Es la hora de salida del trabajo y probablemente hay muchísimo tráfico. Llegar a la tienda toma mucho más de lo que debería. Cuando finalmente llegan, el supermercado está lleno porque, por supuesto, es la hora en que todos los demás trabajadores también intentan encontrar un momento para comprar comida. La iluminación es espantosa y el lugar está impregnado de música ambiental que mata el alma o de pop corporativo. Es prácticamente el último sitio donde quisieran estar, pero no pueden simplemente entrar y salir rápido. Tienen que recorrer los confusos pasillos de esa tienda enorme y excesivamente iluminada para encontrar lo que buscan, y maniobrar su carrito destartalado entre todas esas otras personas cansadas y apuradas con sus carritos. Etcétera, etcétera; estoy omitiendo detalles porque esta ceremonia es larga. Finalmente consiguen todo para la cena, pero resulta que no hay suficientes cajas abiertas, a pesar de ser la hora de mayor afluencia al terminar la jornada. Así que la fila es increíblemente larga, lo cual es estúpido y enfurecedor. Pero no pueden desquitarse con la mujer agobiada que atiende la caja, sobrecargada en un trabajo cuya monotonía y falta de sentido cotidianas superan la imaginación de cualquiera de nosotros aquí, en una universidad prestigiosa.

Como sea, al fin llegan al frente de la fila, pagan su comida y les dicen «Que tenga un buen día» con una voz que es la voz misma de la muerte. Después tienen que llevar esas horribles y endebles bolsas de plástico con sus compras en un carrito cuya rueda descompuesta tira desesperantemente hacia la izquierda, atravesando un estacionamiento lleno, irregular y cubierto de basura. Luego deben conducir hasta casa entre el tráfico lento y pesado de la hora pico, repleto de enormes camionetas SUV. Etcétera, etcétera.

Por supuesto, todos los presentes hemos pasado por esto. Pero todavía no forma parte de la verdadera rutina de vida de ustedes, los graduados: día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año.

Pero lo hará. Junto con muchas otras rutinas tediosas, molestas y aparentemente carentes de sentido. Sin embargo, ese no es el punto. El punto es que precisamente en estas pequeñas mierdas frustrantes entra en juego el trabajo de elegir. Porque los embotellamientos, los pasillos llenos y las largas filas me dan tiempo para pensar. Si no tomo una decisión consciente sobre cómo pensar y a qué prestar atención, voy a estar enojado y miserable cada vez que tenga que hacer compras. Porque mi configuración predeterminada natural es la certeza de que situaciones como estas, en realidad, giran alrededor de mí. De MI hambre, MI cansancio y MI deseo de llegar a casa. Me parecerá absolutamente evidente que todos los demás simplemente se están interponiendo en mi camino. ¿Y quiénes son todas estas personas que me estorban? Miren lo repulsivas que son casi todas. Lo estúpidas que parecen, como ganado, con los ojos muertos, casi inhumanas en esa fila. O lo molesto y grosero que es que la gente hable a gritos por el celular en medio de la fila. Miren qué profunda y personalmente injusto es todo esto.

O, por supuesto, si estoy en una versión más socialmente consciente y universitaria de mi configuración predeterminada, puedo pasar el tiempo en el tráfico al final del día sintiendo asco por todas esas enormes y estúpidas camionetas SUV, los Hummer y las pickups con motores V12 que bloquean los carriles y queman el combustible de sus derrochadores y egoístas tanques de ciento cincuenta litros. Puedo detenerme a pensar que las calcomanías patrióticas o religiosas siempre parecen estar pegadas a los vehículos más grandes y más asquerosamente egoístas, conducidos por los más feos… [En respuesta a fuertes aplausos:] Aunque este es un ejemplo de cómo NO pensar… los vehículos más asquerosamente egoístas, conducidos por los conductores más feos, desconsiderados y agresivos. Puedo pensar en cómo los nietos de nuestros hijos nos despreciarán por haber desperdiciado todo el combustible del futuro y probablemente haber jodido el clima. En lo consentidos, estúpidos, egoístas y repugnantes que somos todos. En lo mucho que apesta la sociedad de consumo moderna. Y así sucesivamente.

Ya entienden la idea.

Si elijo pensar así en la tienda y en la autopista, está bien. Muchos lo hacemos. Solo que pensar de esta manera suele ser tan fácil y automático que ni siquiera tiene que ser una elección. Es mi configuración predeterminada natural. Es la manera automática en que experimento las partes aburridas, frustrantes y abarrotadas de la vida adulta cuando funciono desde la creencia automática e inconsciente de que soy el centro del mundo y de que mis necesidades y sentimientos inmediatos deberían determinar las prioridades de todos.

La cuestión es que, por supuesto, existen maneras completamente distintas de pensar sobre estas situaciones. En este tráfico, entre todos estos vehículos detenidos con el motor encendido que me bloquean el paso, no es imposible que algunas de esas personas en sus SUV hayan sufrido accidentes terribles y ahora les dé tanto miedo conducir que su terapeuta prácticamente les haya ordenado comprarse una camioneta enorme y pesada para sentirse lo bastante seguras como para manejar. O que el Hummer que acaba de cerrarme el paso lo conduzca un padre cuyo hijo pequeño está herido o enfermo en el asiento de al lado. Está intentando llevarlo al hospital y tiene más prisa que yo, por una razón más legítima: en realidad, soy YO quien se interpone en SU camino.

O puedo optar por obligarme a considerar la posibilidad de que todos los demás en la fila del supermercado estén tan aburridos y frustrados como yo, y de que algunos probablemente tengan vidas más difíciles, más tediosas y dolorosas que la mía.

De nuevo, por favor, no crean que les estoy dando consejos morales ni que estoy diciendo que deben pensar así o que alguien espera que lo hagan automáticamente. Porque es difícil. Requiere voluntad y esfuerzo. Si son como yo, habrá días en que no podrán hacerlo o simplemente no tendrán ninguna gana.

Pero la mayoría de los días, si tienen la suficiente conciencia para darse la posibilidad de elegir, pueden mirar de otra manera a esa mujer gorda, de ojos apagados y demasiado maquillada que acaba de gritarle a su hijo en la fila. Quizá normalmente no sea así. Quizá lleve tres noches seguidas sin dormir, sosteniendo la mano de su esposo, que se está muriendo de cáncer de huesos. O quizá esa misma mujer sea la empleada mal pagada de la oficina de trámites vehiculares que apenas ayer ayudó a tu pareja a resolver un problema burocrático espantoso y exasperante mediante un pequeño gesto de amabilidad administrativa.

Por supuesto, nada de esto es probable, pero tampoco es imposible. Todo depende de lo que quieran considerar. Si están automáticamente seguros de saber qué es la realidad y funcionan con su configuración predeterminada, entonces, al igual que yo, probablemente no consideren posibilidades que no sean molestas y deprimentes. Pero, si de verdad aprenden a prestar atención, sabrán que existen otras opciones. Realmente estará en sus manos experimentar una situación de calor, aglomeración y lentitud, propia de un infierno consumista, como algo no solo significativo, sino sagrado, encendido por la misma fuerza que creó las estrellas: el amor, la fraternidad, la unidad mística de todas las cosas en lo más profundo.

No es que todo eso de la mística sea necesariamente cierto. La única Verdad con mayúscula es que ustedes pueden decidir cómo van a intentar verlo.

Sostengo que esta es la libertad que ofrece una verdadera educación, el aprender a adaptarse bien a la vida. Pueden decidir conscientemente qué tiene significado y qué no. Pueden decidir qué adorar.

Porque hay otra cosa extraña, pero cierta: en las trincheras cotidianas de la vida adulta, en realidad no existe el ateísmo. No existe eso de no adorar nada. Todos adoramos algo. La única elección que tenemos es qué adorar. Y una razón convincente para elegir algún tipo de dios o algo espiritual —sea Jesucristo o Alá, Yahvé o la Diosa Madre de la Wicca, las Cuatro Nobles Verdades o algún conjunto inviolable de principios éticos— es que casi cualquier otra cosa que adoren los devorará vivos.

Si adoran el dinero y las cosas, si de ahí obtienen el verdadero sentido de la vida, nunca tendrán suficiente, nunca sentirán que tienen suficiente. Es la verdad. Adoren su cuerpo, su belleza y su atractivo sexual, y siempre se sentirán feos. Cuando el tiempo y la edad comiencen a notarse, morirán un millón de veces antes de que finalmente los lloren. En algún nivel, todos sabemos esto. Ha quedado recogido en mitos, proverbios, clichés, epigramas y parábolas: el esqueleto de toda gran historia. El verdadero reto consiste en mantener esta verdad en primer plano de nuestra conciencia cotidiana.

Adoren el poder y terminarán sintiéndose débiles y asustados. Necesitarán cada vez más poder sobre los demás para anestesiar su propio miedo. Adoren su intelecto, el que los consideren inteligentes, y terminarán sintiéndose estúpidos, un fraude, siempre a punto de ser descubiertos. Pero lo insidioso de estas formas de adoración no es que sean malas o pecaminosas, sino que son inconscientes. Son configuraciones predeterminadas.

Son formas de adoración en las que uno se va deslizando poco a poco, día tras día, volviéndose cada vez más selectivo con lo que ve y con la manera de medir el valor, sin llegar nunca a ser plenamente consciente de lo que está haciendo.

Y el supuesto mundo real no los desalentará de funcionar con su configuración predeterminada, porque ese supuesto mundo real de personas, dinero y poder sigue funcionando alegremente, sumergido en el miedo, la ira, la frustración, el deseo y la adoración del yo. Nuestra cultura actual ha aprovechado estas fuerzas de maneras que han producido una riqueza, una comodidad y una libertad personal extraordinarias. La libertad de ser todos señores de nuestros diminutos reinos del tamaño de un cráneo, solos en el centro de toda la creación. Esta clase de libertad tiene mucho a su favor. Pero, por supuesto, hay diferentes tipos de libertad, y de la más valiosa no escucharán hablar demasiado en el gran mundo exterior de los deseos y los logros. La libertad verdaderamente importante implica atención, conciencia, disciplina y la capacidad de preocuparse de verdad por otras personas y sacrificarse por ellas una y otra vez, de innumerables maneras pequeñas y nada glamorosas, todos los días.

Eso es la verdadera libertad. Eso es tener una educación y entender cómo pensar. La alternativa es la inconsciencia, la configuración predeterminada, la carrera de ratas, la sensación constante y corrosiva de haber tenido y perdido algo infinito.

Sé que probablemente todo esto no suene divertido, ligero ni grandiosamente inspirador, como se supone que debe sonar un discurso de graduación. Pero, hasta donde puedo ver, es la Verdad con mayúscula, despojada de un montón de adornos retóricos. Por supuesto, son libres de pensar lo que quieran al respecto. Pero, por favor, no lo descarten como otro sermón de la doctora Laura, esa conductora de radio que regaña con el dedo levantado. Nada de esto trata realmente sobre moralidad, religión, dogmas ni grandes preguntas rebuscadas acerca de la vida después de la muerte.

La Verdad con mayúscula trata de la vida ANTES de la muerte.

Trata del verdadero valor de una educación auténtica, que tiene muy poco que ver con el conocimiento y muchísimo con la simple conciencia. Con ser conscientes de aquello tan real y esencial, tan escondido a plena vista a nuestro alrededor todo el tiempo, que tenemos que recordárnoslo una y otra vez:

«Esto es agua».

«Esto es agua».

Es inimaginablemente difícil hacer esto, mantenerse consciente y vivo en el mundo adulto día tras día. Lo que significa que otro gran cliché resulta ser cierto: su educación realmente ES una tarea para toda la vida. Y comienza ahora.

Les deseo mucho más que suerte.

Bibliografía

Wallace, David Foster (2005). This Is Water. Discurso de graduación pronunciado en Kenyon College el 21 de mayo de 2005. https://www.kenyon.edu/news/archive/this-is-water/

Transcripción completa — texto y audio en el sitio de Mark Manson. https://markmanson.net/this-is-water

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